Pedí cubitos de hielo para la coca cola; tú le mirabas al sol con la seguridad de que sus rayos no te iban a derretir de repente, con el recelo soterrado de saber que las células de la piel acostumbraban a morír poco a poco por oxidación. El fin de semana empezaba entonces: eran las seis y media de un viernes y los vaivenes de la felicidad nos confundían. Pétalos de margarita: sí, no.. sí, no.. sí, no.. . Sorbos de margarita. No habíamos adquirido aún el buen hábito de saber apreciar el sabor a tierra y agua que aposenta en el gusto, tenue, progresivamente, el desengaño. 

Sentados en la bancada infinita del paseo marítimo, con el sol enfrente, testigos de cargo del premioso avance de la tarde, intentábamos ser felices. Dos extraños en una ciudad de extraños.

Acostumbrábamos a salir a flote amando las ciudades, nuestra intención no era otra que la de estar dispuestos a todo siempre que hiciera falta. Nuestro destino, desaparecer en silencio y con calma como bloques de hielo perdidos en el océano.

En el hotel entrelazamos nuestras manos una vez más, nos besamos despacio junto a la terraza abierta, culminamos nuestra búsqueda de la satisfacción con sexo.

El aire acondicionado -su zumbido- acentuando la soledad, las cortinas de lino medio corridas, tu cuerpo desnudo sobre las sábanas blancas, fortalecían mi ánimo. No hablamos de proyectos, no hablamos de amor. Sabíamos que una pequeña porción de la tarde continuaría consumiéndose -como le pasa inevitablemente al tiempo- ajena por completo al amor y el odio. Indiferente a nuestras ilusiones. Sabíamos que las manos fraudulentas de la noche nos conducirían de nuevo hasta un restaurante lleno de turistas blancos como nosotros: zánganos angustiados perdidos sin remisión en los panales del tiempo. Pretendíamos creer que el desfile de palmeras desgreñadas a lo largo del malecón nos animaría con su presencia a seguir adelante. Ese era el secreto. Seguir adelante. Hasta desaparecer en silencio y con calma igual que bloques de hielo perdidos en el océano.

Otras ciudades nos estarían esperando en otros confines: parajes inmóviles, umbríos, sobrevolados por los cóndores, en los que los rumores del musgo enjuagarían las estrías mudas de las piedras.

Y, gracias a ellas, o a otros paisajes incógnitos, vaciábamos nuestros pensamientos de miedos e inseguridades para pensar en ellas, los congelábamos en el vacío pensando en ellas, para que, como bloques de hielo que fluyen en el océano, nuestras vidas pudieran ir acercándose despacio y sin precipitaciones hacía esos bellos rincones del planeta cuya humedad y calor contribuirán a depararnos, no sin cierta ternura, la destrucción irremisible que cabalmente nos pertenece.